Ella era una mujer simple; de rasgos sinceros, ojos profundos y sonrisa cautivadora.
Sus labios siempre decían la verdad, y la verdad era que ella extrañaba su pasado.
Estaba sufriendo por el mal que todos padecemos en este mundo: esa bestial miseria llamada amor.
Se había acostumbrado a amanecer cada día con una lagrima en su ojo izquierdo. Suponía que había estado llorando durante el sueño, mientras recordaba con precisión y detalle a aquel hombre que la había abandonado meses atrás.
Como todas las mañanas, sin prestar demasiada atención, secó sus lágrimas y comenzó un nuevo día. Una rutina que se iba repitiendo cada vez que su despertador cantaba al son de algo así como “que lin-do arrui-narse con - vos”.
Una noche del mes de Agosto, bajo los efectos duraderos del alcohol en sangre, decidió salir a caminar sola por una avenida del barrio de Belgrano. Se dice que horas màs tarde la encontraron besándose apasionadamente con un hombre un tanto mayor que ella. Él era realmente encantador. Su sonrisa provocaba un brillo extraño en los ojos de la muchacha. Y a partir de lo sucedido aquella vez, solían encontrarse en esa esquina casi todas las noches. Una y otra vez. Solos.
Durante los primeros encuentros, en el camino de regreso a casa, Ella iba dejando en las veredas, manchas de tristeza que rememoraban a su gran amor. Cada lagrima derramada, era signo de un avance dentro del esquizofrénico e inhumano proceso denominado DUELO. De a poco iba asumiendo la pérdida, y muy de a poco también, su corazón comenzaba a dar lugar a unos nuevos ojos.
Diez años los separaban, pero habían aprendido a llevarse bien. Dicen por ahi que ambos eran víctimas fatales de una fuerte atracción física; algunos comentan que “era cuestión de piel” y otros simplemente se limitan a opinar.
Ellos tampoco comentan sobre ellos mismos. Tal vez si lo hubiesen hecho alguna vez, esta historia no serìa contada.
Fue alli donde se la vio por ultima vez. En esa esquina. La de siempre.
Sus ojos ya no lloraban.
Su corazón habìa dejado de latir.
C.
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