Encerrada en mi misma descubrí que la mañana es virgen cada día, un “algo” virgen expectante a todo. Hasta pareciera que en aquellas horas tempranas cada cosa se multiplica. Los perfumes de las damas, las voces de los caballeros madrugadores, los movimientos de las personas por más cautelosos que fueren. También se potencia la presencia de las almas en pena y por qué no, el silencio de los ángeles caminando a nuestro lado. Permítanme aclarar que no todos tenemos la capacidad para percibir esta serie de acontecimientos, pero (debo decirlo) poco me importa que más de uno no se sienta identificado con esta descripción.
Retomando.
Confieso que en estos casos le temo al habla. Quienes me conocen, muy bien saben que no me cuesta hacerlo, pero al alba todo se escucha en demasía y es altamente probable que aquello que diga, llegue a oídos de quienes no deban escucharlo.
Son las 22:34 pm. Sí, claro. Lo hice a propósito.
Definición de Wikipedia: Fenómeno atmosférico de tipo acuático que se inicia con la condensacíon del vapor de agua contenido en las nubes.
Lluvia.
Detesto la lluvia.
Aquel aborrecible fenómeno que me conduce directamente al pasado. Un lugar oscuro y triste que me asfixia.
Muchas veces intenté respirar profundo y atragantarme con aquello que no quería decir. Tal vez no podía hacerlo, pero pocos lo entendieron así.
Otras tantas veces grité, lloré y volví a respirar. Una y otra vez. Cada vez más lento. Cada vez más hacia mí. Pero me encontraba en un vacío distinto al de otros momentos; era el más gris...y por cierto, el más triste. Un vacío sumergido en la nada misma.
Un día de lluvia es el conjunto de todas mis lágrimas. Por eso estoy triste cuando llueve. Por eso llueve cuando no estoy.
Las nubes habían sabido deshacerse de todas sus gotas cuando me dijo algunas palabras y me regaló una flor a escondidas. Amarillo. Color extraño. Él de negro; yo de amarillo. Una combinación utilizada para resaltar reclamos de atención.
Y esa flor arrancada de su hoja no fue más que una huella cobarde, desleal, secreta y hasta quizás, fuera de lugar. La prueba de haber compartido juntos un día tan gris. Una noche tan oscura.
Lo único que podía verse en mis ojos eran lágrimas intensas de agua triste, mientras que los suyos permanecían delatando promesas sin vergüenza. Y bastó sólo un instante para verme caer nuevamente en una ilusión sin retorno a la realidad misma, imposibilitada, desgarrada y discapacitada para darme cuenta que me estaba ahogando bajo lluvia. Algo tan estúpido como eso.
Me pregunto por qué llueve encima mío. Por qué aquella nube gris sigue uno y cada uno de mis pasos. Al levantar la mirada lo tuve enfrente y las gotas del cielo se desparramaban sobre los dos. Sentí haber perdido la libertad que alguna vez tuve. Estaba atada a una boca empapada, a unos ojos perdidos que al mirarlos me dejaban sin aire, reprochando sin vergüenza mi decisión del abandono. Era suficiente para mí aunque confieso que necesitaba seguir ahogándome de esa manera. Una felicidad absolutamente falsa hacía que los recuerdos me revuelvan las tripas. Estaba perdida. Estaba con Él. Con el pedazo más entero de mi misma.
La cicatriz más hermosa dibujada en mi único cuerpo.
Y otra vez sola, aferrándome al pasado vuelvo a sentir sus besos mojados, y al mirarme al espejo, descubro las marcas que sus caricias dejaron en mí. Lluvia otra vez. Pareciera que el viento arrastra todo hacia el presente, en donde el corazón trabaja con menos fuerza, y en donde las palabras lastiman cada vez más. Duele pero soy fuerte. Discimulo hasta convencerme de que todo pasó. La tormenta llegó a su fin.
Sólo por hoy...
C.